Estoy acostumbrada a leer y escuchar críticas hacia todo el mundo. Nadie se escapa. Ni jueces, ni políticos, ni maestros, ni futbolistas… Cualquiera estamos sujetos a la crítica, lo que me parece bien pues vivimos en un país donde la libertad de expresión es un Derecho Fundamental consagrado en nuestra Constitución. Pero a lo que no estoy acostumbrada, ni espero hacerlo nunca, es a escuchar, ni a leer, críticas tan furibundas, tan lamentables, tan machistas, tan poco elegantes como la realizada por Almudena Grandes hacia la Jueza Alaya.
Decir que no es de fiar porque no refleja signos de cansancio en su rostro a las ocho de la mañana; decir que tiene una feminidad empachosa y compararla de forma despectiva con esas otras madres de España que amanecen con ojeras porque no han tenido tiempo de peinarse, son, a mi juicio, argumentos pobres e impropios de una mujer hacia otra mujer con la única finalidad de desacreditarla.
Lo de ir bien o mal arreglada, lo de tener más o menos feminidad, no tiene que ver con ser de fiar y/o buena profesional. Conozco mujeres que salen hechas un pincel de sus casas por las mañanas, conozco las que no se arreglan ni para las bodas, conozco las que se montan en los tacones a las ocho de la mañana y no se bajan hasta la noche y otras que no sabes dónde ubicarlas pues el chándal te dice que son deportistas, pero los tacones, el rimmel y la sombra de ojos te dice que igual no. De todo hay en la viña del Señor, afortunadamente. También existen los metrosexuales, señores que se depilan partes del cuerpo insospechadas y que utilizan más cremas y potingues que muchas de las mujeres anteriormente citadas. Pues bien, yo nunca desconfiaría de un metrosexual. Es cierto que las apariencias engañan, pero si tengo que elegir, prefiero tratar antes con un señor depilado, peinado y perfumado que con un Barragán al que hay que hablarle a una distancia mínima de dos metros para no morir asfixiada de contener el aliento. A ver si para ser jueza y de fiar va a tener que ser una: fea, gorda, con pelos en las piernas, entrecejo y ojeras. Por aquello de los tópicos de que las guapas son tontas, y las rubias son tontas también, y las feas con gafas son listas.
Señora Grandes, no sé dónde se ubicara usted, pero le recuerdo que también existen las guapas, listas, trabajadoras y de fiar, entre las que no me importaría incluirme.
Yo, al contrario que Almudena Grandes, admiro a la Jueza Alaya, me parece una gran profesional. Una mujer valiente y decidida.
Me sorprende verla pasar sin inmutarse delante de esos exaltados sindicalistas que la increpan y la insultan a la puerta de su Juzgado, llamándola “fea”, (eso sí que es imaginación y ganas de hacer daño), por haber imputado a miembros de UGT, en vez de ir a exigirles explicaciones a esos señores que se pegaban merendolas de marisco a costa de los dineros de la Junta de Andalucía y de los trabajadores.
Si la única defensa que encuentran para esa mala gestión de lo público es descalificar de esa manera al que juzga los hechos, supongo que es poco lo que pueden que defender.